martes, 10 de junio de 2008

Homarus gammarus













Bogavantes. Una docena. El día anterior durmieron en la parte baja del frigorífico, liados en una toalla húmeda, para que se conservaran vivos y frescos. Ni siquiera compartieron cajón con los tomates que les acompañarían al día siguiente, ya triturados. Encima de ellos, en el siguiente estante, en dos platos hondos, había sepia y langostinos. Pero muertos.

Santiago
cerró el frigo y durante la noche soñó con los bogavantes.


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*Las únicas que se salvan de la quema en el concurso son María y Belén, acertaron en la especie.

jueves, 5 de junio de 2008

El susurro del asesino


Santiago invitó a la familia el día de su cumpleaños. Programó, pasó por caja, repasó receta, mató con saña... y susurró a la comida durante los minutos finales. Cuestión de tiempos. El resultado fue exquisito. ¿Qué fue lo que cocinó?*

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*Absténganse miembros de la familia.

jueves, 29 de mayo de 2008

Animadoras


El ceño fruncido de Sergio García, la mirada de Xavi y el momento que congela la foto.

¡Qué diría Marilyn de estas nuevas animadoras!

miércoles, 14 de mayo de 2008

La escuela callejera


En aquel congreso de Santiago regalaron a los ponentes una bolsa para guardar el material de trabajo: folios, resúmenes, discos, bolígrafos. La abundancia de bolsillos y el verde oscuro le dan un carácter de complemento ideal. Se puede vestir cruzada sobre el hombro, es cómoda y tremendamente útil para guardar todo tipo de cosas y que no parezca que uno lleva mochila infantil o bolso femenino. Sin acritud.

De paseo por la ciudad, de camino al trabajo, de vuelta a casa, en cualquier momento, uno tiene a mano la cámara de fotos y puede ver las cosas de forma distinta, aunque no se necesite la cámara para eso. Y eso sin estudiar la carrera de Bellas Artes.

viernes, 9 de mayo de 2008

¡Pintar para esto!

La vida consiste en eso, está claro. Eh, otro lugar común, me dirán. Pero es así: empezar, empezar y empezar. Siempre la misma historia. ¡Cuántos rotos arreglados que vuelven a jorobarse! ¡Cuántas cicatrices cerradas que vuelven supurar! Pinturas, chapados y cosidos que luego no valen para nada.

La gracia de todo está en ese simple momento, con la edad es más complicado, de volver a levantarse. A los niños sólo les cuesta un pequeño impulso y un par de lágrimas.

Tener y no tener

Me cuenta mi padre que le invitaron a comer a un Club Marítimo del mar Menor. Nunca se ha sentido cómodo en ese tipo de lugares, no es que los desprecie, los odie o se burle de ellos. Simplemente no le gustan. En casa somos casi todos de su escuela. Aunque no nos ha faltado de nada, el pampaneo de algunos de esos clubes elitistas nos incomoda.

Antes de subir al restaurante, se dio un paseo por el embarcadero, mi madre cogida a él. A unos metros reconoció a un viejo compañero de la conserjería de Industria. Un administrativo ordinario, que trabajaba en un departamento distinto. Estaba subido a un barco, trasteando en la cubierta. Mi padre se acercó para que el funcionario le reconociera y le dijo, directamente, con mi madre a su lado:

–¡Bonito el barco!

No se sabe qué trampa le puso el subconsciente al tipo, quizá la necesidad de reafirmarse en su posesión, cuando le contestó:

–¡Mío! ¿De quién va a ser?

Mi madre, que por lista y mujer, luce como nadie la inmunidad de los mayores, le soltó, con una sonrisa:

–¡Si te ha dicho que qué bonito es el barco!

miércoles, 9 de abril de 2008

Llevaba los mismos pantalones


Este es el bolsillo de un hombre capaz de romper tres coches de la empresa en una semana.

El 12 de febrero de 2008 empotró la Citroen c15 contra una piedra, que le salvó del barranco. El 13, sí, un día después, tras una maniobra sospechosa, un tractor destrozó el Seat INCA.

Es rubio, mide 1,90 y tiene 27 años. Se dedica a instalar teléfonos en pueblos de la huerta valenciana. Los dueños de las casas le invitan a almorzar y le cuentan su vida, porque es educado y siempre escucha. Además es de los pocos técnicos españoles, ya se sabe cómo es la gente. La empresa le aprieta y le dice que no se enfrasque, que a más cháchara menos ingresos. Su promedio es de tres aparatejos por día.

El 20 de febrero olvidó la toalla en su habitación, apagó la ducha y corrió por el pasillo. A la vuelta resbaló e "hizo la bandera" (dixit): una fisura en el dedo gordo. Su compañero de piso lo llevó a urgencias, aunque allí tuvo que pelear porque no tenía documentación alguna. Cuando regresó a casa, el tercer coche, de la empresa, otro C15, tenía una multa y una rueda reventada. Por culpa del accidente había olvidado retirarlo de aquel lugar que siempre usaba hasta las nueve de la mañana.

Quiso poner la rueda de repuesto y se echó las manos al bolsillo derecho del pantalón...

Pero había perdido las llaves.

Más tarde llamó a la empresa y confesó. Orlando, el peruano, le envió una de repuesto.

Esto me lo contó hace un mes. Tuve que hacerle una foto.

Llevaba los mismos pantalones.

lunes, 28 de enero de 2008

Falta de "amplitud considerable"


Creo que mi sobrina Ana me ha contagiado su inapetencia por la palabra. Ella saluda con una lacónica expresión y si no eres de su agrado (dentro de este selecto grupo entran su papá, su mamá, su hermanita Belén y sus abuelas) esconde la mirada e ignora todos los cariños que le hagas. Ya lo sé, no somos comparables: yo tengo 29 años y un blog y ella sólo cuatro y un dvd de Los Lunnis. Así que no tengo excusa: casi dos meses sin actualizar el blog es una falta grave. Ahora escribo para dar señales de vida y que ningún lector piense que me ha pasado algo malo, ¿dentro del concepto malo encaja trabajar un poco más que antes? He terminado varios libros, entre ellos Memorias de un europeo (El Acantilado), de Stefan Zweig, un enriquecedor acercamiento a la Europa de entreguerras de un verdadero intelectual. Al cine he ido unas dos o tres veces en esta temporada, y me quedo con Caramel, una película libanesa muy bien contada, bella y dura a ratos, como la vida misma. Y el resto ya irá saliendo poco a poco en mi verdadero regreso, porque esto no deja de ser un cobarde simulacro.

[Um. No puedo dejar esta entrada así. La conciencia].

No penséis que mi sobrina Ana es fría, distante o mal educada. Nada de eso. El otro día mi hermana me contó algo que la redime por caradura. Anica paseaba con su padre, mi cuñado Santiago, por una calle cerca de su casa. Unos metros más allá caminaba una de las dependientas del supermercado con un carro repleto de bolsas, quizá los pedidos del barrio. Al parecer, la cajera tenía "las posaderas de una amplitud considerable”, como dijo mi hermana. Cuando mi sobrina Ana se percató de 'ello', se empezó a reír y dijo entre carcajadas: "¡Papá, mira cómo se le mueve el culete!".

martes, 11 de diciembre de 2007

Desde la ventanilla del avión

La casa donde vivo reposa entre el mar y la tierra, en frontera rocosa. La inestabilidad del terreno y el constante trasiego de las olas han agrietado las paredes. Por eso, en el silencio de la noche, si el ruido del mar no lo impide, se escucha el crujir de las tejas del techo y las baldosas del suelo. Con el tiempo uno se acostumbra, deja de pensar en intrusos y escucha esa orquesta invisible que le hunde en el sueño.

Esta foto me ha llegado hoy, pero se hizo el 11 de septiembre de 2007, en el vuelo de ida Alicante-Leeds. Fui con José, un colega –y sin embargo amigo– del departamento, que me prestó la cámara. La ilusión de ver mi casa desde el avión, el recuerdo de La Isla a mediodía de Julio Cortázar y la simbólica fecha son motivos más que suficientes para publicarla.

Yo creía en la poética de los aviones porque creía en la del viaje. Pero me equivocaba. No hay poética en nada: ni en el viaje, ni en la montaña, ni en la derrota, ni en el dolor. La poética no está en nada, porque está en todo.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Sólo quería correr un rato

Sólo quería salir a correr un rato, fue el jueves pasado. Para quitarme la tensión y agitar un poco los músculos, entumecidos y apalancados de tanto coche, despacho y casa. Desde hace unos meses me cuesta hacer deporte. No encuentro la rutina. Mi nivel de intensidad deportiva ha bajado por la edad y por los cambios de trabajo.

Escondí el manojo de llaves en el jardín para que no me incomodara y me colgué en el cuello la de la puerta. No había empezado a trotar todavía cuando divisé a un tipo que bajaba corriendo a unos sesenta metros. Sin las gafas para ver de lejos me pareció un deportista. Sin embargo, de cerca vi un extraño de balanceo sospechoso. A unos diez pasos escuché un ruido a mi espalda. Unas ramas que se parten y unos ladrillos que se caen. Me giro y veo al hombre tirado sobre el murete de mi casa, roto y caído entre la escalera, el ciprés y la calle. ¡Qué cojones!, me digo.

–¿Qué coño está usted haciendo?
–Nada, me he apoyado y se me ha caído el muro.
–No parece eso, ¿no estaba intentando saltar?
–Me he apoyado y se me ha caído el muro.
–Creo que voy a llamar a la policía.

El hombre está en el descansillo de la escalera y yo arriba. Tipo encuadre picado contrapicado: autoridad moral contra delincuente. El muro baja escalonado y rodea la casa en ese tramo. Él se incorpora, da dos pasos hacia mí y me mira en silencio. Mide uno setenta, es corpulento, tiene el pelo negro y espeso, la piel oscura y los ojos marrones. Cara de crápula.

–¿Vas a llamar a la policía?

Titubeo:

–Sí, soy vecino de esta zona y conozco al dueño de esta casa. [Mentira: no me conozco tanto como me gustaría].

–No, no vas a llamar. No estaba haciendo nada.

El hombre sigue balanceándose y, cuando me mira, los ojos se le pierden un grado hacia el cielo oscuro de la noche. Tiene síntomas de haber consumido droga o alcohol o quizá está simplemente desquiciado.

–¿Vas a llamar?– insiste.

–No, no voy a llamar. Me voy, pero tenga cuidado con la propiedad ajena.

Me vuelvo y camino hacia la puerta de mi casa, aunque parezca que no voy a ninguna parte. Oigo cómo se aleja por el ruido de la hebilla de su cinturón, el cabo de la correa le cae sobre la rodilla.

Compruebo que no está en la calle y entro rápidamente en el jardín de mi casa. Bajo hacia la puerta de la cocina y cierro con llave. El móvil está encima de la cama. Llamo a la policía. Pongo una denuncia telefónica. Llamo al seguro para que arreglen el muro.

–A las nueve estaremos allí. ¿Cuántos metros son?
–Dos y medio.
–¿De qué tipo?
–Bloques con celosía.