miércoles, 7 de julio de 2010

En la carretera: Austin (Texas)

Arbustos, la autopista a cincuenta metros, un parking casi vacío, un edificio largo y bajo, la moqueta gris, el olor rancio del pasillo, la recepción en penumbra, nadie en el mostrador. Todo encajaba en el concepto de motel de carretera. Hasta que toqué la campanilla. ¡Ding! Esmeralda, la recepcionista mexicana, apareció sonriendo con un montón de sábanas bajo el brazo.

Mi llegada a la tierra de los Bush había ido francamente mal. El control del aeropuerto, el taxista, que parecía el hermano gamberro de B. B. King, y finalmente, la situación del hotel. Esmeralda me contó que al reservarlo por Internet lo habría confundido con el de la misma cadena en el centro de la ciudad. Era tarde, decidí pasar la noche allí.



Sentado en la cama recreé esa escena de No es país para viejos. Perdí unos segundos con la película hasta que me entró hambre. A esas horas, según la mexicana, mi única opción se encontraba a quince minutos en un centro comercial. Me tendió diez dólares para comprarle unos tacos. Pero, tras ver el camino junto a la autopista bajo la noche cerrada, decidí calmar el hambre durmiendo. Al día siguiente cambié de hotel.

La capital del estado de Texas es un pequeño reducto progresista en la zona: un progresismo del sur de los Estados Unidos, claro. Goza de una gran riqueza étnica y cultural por su cercanía con Mexico y sus ciudadanos se enorgullecen de su talento musical. Esa segunda noche lo comprobé en Elephant Room, un local de jazz enterrado en un sótano. Allí descubrí la rica cerveza Fireman’s 4, tan famosa como la Batalla de El Álamo, mientras escuchaba a Beto and the Fairlanes. Uno de los trompetistas, al poco de arrancar, lanzó una bolsa llena de tapones a la rubia de la primera fila. El jazz fusionado de Beto era como el ambiente de Austin: sureño, latino y multicultural.

El congreso trató sobre periodismo en Internet y me ayudó a ponerme al día desde la perspectiva de Estados Unidos. Me llevé unos cuantos contactos para futuros proyectos. Entre ellos, conocí a uno de los editores del New York Times, al que luego visité en la redacción de Manhattan. De los más de cien participantes, sólo estábamos tres españoles. Compartí conversación con viejos conocidos y disfrutamos del buen tiempo de Austin. Recorrí la ciudad, me asomé al Capitolio de Texas y cerré el congreso con un grupete en The Hole in the Wall, otra pieza de museo entre los bares americanos.

lunes, 21 de junio de 2010

Aprender, divertirse y amar el periodismo

Sentado en el sofá de mi apartamento en Manhattan, pero muy cerquita de todos los estudiantes de la I Promoción de Periodismo de la Universidad Miguel Hernández. Así pasé el sábado por la mañana, conectado a Radio UMH, riéndome y emocionándome con los discursos, los aplausos y el ambiente de un acto que suele ser puro trámite, pero no este año. Esta primera quinta ya ha pasado a la historia de la Universidad, se les recordará con un cariño especial, porque son únicos e irrepetibles, como señaló el rector. Que eso compense al menos los imprevistos y desajustes que han sufrido por estrenar una jovencísima licenciatura, como dijo su padrino de honor, José Luis. Por cierto, agasajado con un acierto total, en su línea baloncestística. También fue de Matrícula de Honor el elegante y divertido discurso de Gema y Miguel Ángel.

Cuando llegué a la Universidad Miguel Hernández acababa de estrenar este blog. Mi primer año en Elche fue pacífico y relajado, aunque no tanto como este curso neoyorquino. Como mi asignatura no arrancaba hasta Tercero, me centré en la investigación, en publicar un libro a partir de mi tesis y en otras tareas menos estresantes que la docencia. A estos más de cien graduados les conocí en 2007, el primer año de mi materia. Emocionado con ofrecerles un taller periodístico, más que una asignatura teórica, les sobrecargué de prácticas para que, al menos, se ‘mataran’ a escribir. Y me consta que sufrieron. Yo también. Gracias a ellos aprendí muchas cosas. Pero, sobre todo, dos: a) no exijas nada que no hayas explicado, demostrado y probado por ti mismo; b) si uno no se divierte dando la clase, los estudiantes menos aun.

Rosa María Calaf fue nombrada Doctora Honoris Causa durante la graduación. Me encantó que en su discurso emparentara las dos profesiones de mi vida: la docencia y el periodismo. En las dos se trata de contar historias, y eso es cosa seria. La Calaf es, entre muchas otras cosas, una periodista apasionada por su trabajo. Los estudiantes la eligieron Madrina de Honor. Bien está: ella es un ejemplo de amor a la profesión y de aprendizaje incansable.

Los profesores de la carrera también se merecen la felicitación. Pero hay uno que encarna el esfuerzo de todos, uno que jugó este partido desde el minuto uno, cuando sólo había burocracias y obstáculos; uno que ha sufrido como ninguno por que esta Titulación de Periodismo tuviera eso, Periodismo. Ha peleado en batallas frías y oscuras, de esas que no se airean en la barra del bar. Ha tenido que sortear politiqueos y mezquindades. Ha dejado tiempo personal en tareas ajenas. En definitiva, ha velado sin esperar aplauso o recompensa por que esta carrera saliera adelante y fuera lo que es hoy. Gracias, José Alberto. Y perdóname por esto.

Los estudiantes han terminado su travesía por el palmeral de Elche. Ahora viene lo mejor de sus carreras. A pesar de las dificultades, las profecías funestas y los nubarrones en la industria, hay mucha vida en el periodismo, aunque no sea en los viejos soportes. Esperemos que dentro de unos años esta quinta vuelva a las aulas a contar sus experiencias, sus éxitos, también sus fracasos, y las verdaderas lecciones de la vida. Enhorabuena a todos. Y recordad: una universidad es buena, sobre todo, si sus alumnos son buenos. Yo, personalmente, creo ahora que estoy en la mejor de todas.

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Para despedirse de su etapa universitaria en Elche, los estudiantes idearon, organizaron, grabaron y montaron ellos solitos un Libdub. Enhorabuena por el excelente trabajo.



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Discursos subidos a la web por el padrino de honor de la promoción, José Luis:


jueves, 3 de junio de 2010

En la carretera: Atlantic City

Rápida y suave como la tela del tapete, pero tan mortal como una cobra. Me noqueó en dos movimientos secos. Miraba con la vista cansada, hablaba con lengua viperina y manejaba las cartas con habilidad serpentina. Era una crupier de Black Jack en el Trump Marina de Atlantic City. Y liquidó el bote de gasolina y peajes de cuatro ingenuos que vivían su primera experiencia en un casino.

Atlantic City, a pesar de las películas y las series neoyorquinas, deprime como una lasaña congelada. Goza de cierta belleza natural, como, por ejemplo, La Manga del Mar Menor, pero la frecuenta el público de Benidorm. En los casinos merodean viejunos, cuarentones ludópatas y grupos de chinos con algoritmos en lugar de ojos. Los crupieres son aun más tristes que el público general. Ninguno sonríe. Tienen la mirada apagada, la cara pocha y los hombros caídos. En los casinos se permite fumar, y hasta ese cultivado vicio me parecía feo y maloliente entre los dedos de los jugadores.

Después de perder la virginidad en la veintiuna americana, me acerqué con los amigos a la ruleta, otro clásico cinéfilo. Aposté cinco dólares al rojo. La bolita rodó silenciosa. El crupier pasó el brazo por encima del tapete: “No more bets!”. Y salió rojo.

Pero luego lo perdí. ¿Os suena la película, no?

Más allá del ruido de las tragaperras, el casino tiene una banda sonora parecida a ese tramo psicodélico de A Day in a Life de los Beatles (minuto dos). Sí, la parte más desagradable. Mis amigos decían que había un mensaje subliminal: “¡Apuesta, apuesta, apuesta!”. Ante las circunstancias y el temor a otro palo, abandonamos Atlantic City al cabo de 20 minutos. Creo que hemos sido los turistas más precoces del lugar. Visto y no visto. Desplumados y a casita.

"Que disfruten del viaje", se despidió la crupier.

martes, 18 de mayo de 2010

Moby y la muchachada en el Webster Hall


Simon dijo que si entrábamos por el sótano no pagábamos ni un dólar. "¿Vais a la sesión de Moby?", preguntó el portero. "No, a otra sala, a escuchar música", contestó Samira. Nos ahorramos una cola de veinte metros. Luego, subimos hasta el hall del Webster y allí esperamos la entrada triunfal de Moby, al que yo aun reprochaba su dueto con Amaral.

No era mi sitio el Webster. Mucha "juventud no adulta", del tipo que tan bien retrata Eresfea con esta protocrónica de una conversación universitaria en el autobús. Pero pensé que merecía la pena escuchar a alguien valioso, según los entendidos, y que sabe mezclar música electrónica. Y así fue. Cuando el pinchadiscos que le precedía -un barbudo de pelo largo y con una mesa de mezclas por barriga- colgó los auriculares, se despertó la euforia de la muchachada. Moby, delgado, calvo e inquieto se aproximó al escenario. A su lado había una docena de fotógrafos, y detrás de él, un grupo de invitados de honor, todos bailando de una forma patética, eso sí, muy vip.

No entiendo de este tipo de música, ni de la habilidad que requiere el dj. Pero reconozco que el hombre sabía concitar la emoción de los chavales, aunque abusaba del recurso in crescendo, dos segundos de silencio más explosión final apoteósica donde todos brincan y levantan los brazos como en el baile tribal de Matrix Reloaded. Vamos, el llamado efecto subidón.

A pesar del ritmo, las mezclas bien acompasadas y cada uno de los efectos musicales, me exasperaba la gente de alrededor, con sus codazos, empujones y pisotones. Por no hablar de esa pose estúpida que el alcohol y otras sustancias producen en el niñato medio neoyorquino. Tuve una extraña y repentina fobia a la masa humana. No me ocurre a menudo, pero cuando salta el piloto soy incapaz de pensar en otra cosa y me irrito fácilmente. Quizá en esos ambientes hay que estar más que dis-puesto para celebrarlo. Por eso no terminé la sesión y me volví a casa antes que los demás. Me dio pena, porque este neoyorquino nacido en Harlem, y de nombre Richard Melville Hall (Moby), es un artista; sobre todo si uno lo compara con el gordo barbudo de la primera sesión.

Subía por la tercera avenida en el East Village mascullando que ese tipo de lugares ya no son para uno. Luego me acordé de aquel chaval que iba en la Puch Maxi al Cruce con el resto de ínclitos de la época; o de aquel que iba a casa de Jose en Torrevieja para trasnochar en la KKO. "Y hace ya tanto tiempo de eso", pensé.

Si estás en ese ámbito musical, creo que esto te gustará.

viernes, 14 de mayo de 2010

¿Cómo era aquello que decíamos? Amigos de verdad

Dedicado a Jose y Leles

“Thank you, man!”. Cuando escuché el acento con que Carlos le habló al japonés del Benihaha pensé que sabía mimetizarse como ninguno. Pero olvidé que había estado más de una vez en Estados Unidos, en la América más profunda; y conocía ese acento vaquero de Dallas. Si Carlos no fuera murciano, creo que habría nacido en el medio oeste, llevaría botas de cowboy y conduciría una ranchera gigante para ir a su negocio de promotor de varios equipos de fútbol americano y baloncesto, entre otros espectáculos. Él se dedica a los eventos y la publicidad en Murcia, y un hombre de ese ámbito está hecho de la misma pasta en Memphis, en Los Ángeles o en Torre Pacheco.

Para visitar Nueva York, Marta y Carlos dejaron uno de sus corazones en España. Por eso, durante su estancia tenían una preocupación latente. Son padres. Como Jose, Carlos A. o Javi, se percibe un cambio en su mirada, algo que le deja a uno con el interrogante: ¿Qué diablos estoy haciendo con mi vida?

A Carlos le conozco desde que teníamos unos seis años. Nuestra amistad se juega en una liga distinta; no es de las que se alimenta de jornadas semanales, calendarios o encuentros de trámite. No quiero decir que sea ni mejor ni peor; es distinta. Me pasa con algunos amigos; y aquí puede uno empezar a soltar toda la ristra de tópicos y frases hechas si quiere.

Con este viaje a Nueva York, Carlos y Marta recargaron las pilas, recogieron ideas para sus trabajos y disfrutaron de una segunda luna de miel; a pesar de dormir en un par de colchones en mi sala de estar. Vinieron relajados y no me exigieron nada; contribuyeron con uno de mis muchos vicios cuando aparecieron con un cartón de tabaco bajo el brazo. Todos me traen alcohol o tabaco. Qué perdido me verán.



Disfrutamos de un partidazo con victoria de los Knicks en el Madison Square Garden. Los dos me explicaron cada uno de esos momentos que sólo los americanos saben construir en sus espectáculos deportivos. Cuando la chiquita rubia salió a cantar el himno (©Marta), pensé en lo ingenuos que son los americanos. ¡Cómo se emocionan tanto con estas cosas! Pero luego me dio cierta envidia. A ver si es que soy muy cínico, pensé. Al cabo de una semana, en un paseo por Central Park, un grupo de colegialas se paró frente a la fuente de Bethesda y cantaron a capela el himno de las barras y las estrellas, mientras un tipo las acompañaba con el saxo. En unos segundos se congregaron decenas de personas. "O say, can you see, by the dawn's early light". Y unos minutos más tarde se congregaron decenas de lágrimas. Mi mente volvió al laberinto: burla, cinismo y envidia.

Durante la estancia de Carlos y Marta, Wonyoung me invitó a un concierto en un club underground de Williamsburg. Este barrio de Brooklyn está muy de moda entre artistas y modernos. Carlos y yo lo bautizamos como la zona Mariano Rojas de Nueva York, para quitarle un poco de hierro al asunto. La aventura tuvo su momento tétrico: el local era una nave perdida junto al East River y cruzamos varias calles abandonadas. Yo estaba tranquilo. Pero nos topamos con un tipo desgarbado fumando en la puerta de un garaje, desde donde se oía el llanto de un bebé. Ellos rompieron la diplomacia y me preguntaron que dónde les estaba metiendo. Pero todo se apaciguó cuando atravesamos la puerta de WilliamsBurguer, el único garito abierto en diez manzanas. Dimos buena cuenta de unas alitas de pollo, unas hamburguesas y unas cuantas cervezas. Luego encaramos la entrada del club indie como neoyorquinos de toda la vida.

Al final, Carlos se acostumbró tanto a la rutina local, en parte gracias a su residencia en el Upper East Side, que cuando se cruzaba con turistas le decía a Marta: ¡Ay, estos turistas españoles! Fue bueno tenerles por aquí; y nos acordamos de todos nuestros amigos, de lo bien que lo hubieramos pasado juntos. Bah, probablemente no hubieramos salido de los dos o tres bares de mi barrio. Con amigos, ¡qué más da Nueva York, Londres o Honk Kong!


miércoles, 14 de abril de 2010

J&O, el barbero del diablo


Nunca escribo sin madurar un poco las ideas, pero ahora no tengo pelo que pueda frenar este impulso. Vuelvo del peluquero como si hubiera estado en el rodaje de una secuela de Hostel.

El escenario está cerca de mi casa, en la calle 80 del Upper East Side. Dos hombres me saludan con acento ruso. Uno de ellos se levanta y me indica la silla. El otro mira un televisor incrustado junto a los espejos. Después de explicarle cómo quiero el corte, el compañero sube el volumen de la caja tonta: la suerte está echada. Me atiende un barbero cincuentón, gordo, con chepa y unos dedos morcillones incapaces de agarrar una podadora de cipreses. Su compañero sigue enfrascado con un programa de persecuciones policiales. El viejo me cubre con una capa verde como la de los carniceros. Agarra una de las máquinas de rapar. Yo le comento que me parece bien que la use por la velocidad. Antes de terminar la frase, bbbbrrrrrriiiiiiii. Los cables me rodean el cuello como una constante amenaza de asfixia. El de atrás mira de reojo el esperpento que su colega dibuja en mi cuero cabelludo. Ese potro de suplicios carece de modulador de altura. La estatura del peluquero me obliga a inclinar la cabeza en un ángulo antinatural. Bbbbbbbbbrrrrrriiiiiiiii. Arranca por la izquierda, pasa rápido por detrás, sigue por la derecha. Me gira la cabeza, me pregunta qué tal y sigue rapando. Noto un frío en las sienes. Desde que mi madre me llevaba a Juan, el peluquero de Los Garres, nunca había tenido el cerebro tan a la vista. Su método me deja un mechón de mofeta en la frente. Empiezo a pensar que este hombre no puede usar tijeras por las cinco salchichas de su mano. Pero me equivoco. De reojo, escaso ángulo de visión, pues tengo la barbilla incrustada en el ombligo, localizo unas tijeras grises llenas de pelo. Mío no. Y se pone manos a la obra, con una destreza digna del Eduardo de Burton.

No han pasado ni quince minutos. Me sacude el cuello, coge un secador para quitarme los restos esparcidos por el cuerpo, me cobra y me dice que tenga un buen día. No me atrevo a mirarle a la cara, tampoco a su colega; es la timidez de la víctima ante el verdugo. Le doy la propina sumiso. Y salgo del barbero del diablo con la cabeza agachada.

jueves, 8 de abril de 2010

Manhattan, tierra de supervivencia

-¿Quieres ir al teatro?
Silencio incómodo.
-Actúa Scarlett Johansson.
-Sí.

Fue uno de los planes que hice con Leo durante su visita a mediados de marzo. Su estancia me vino de perlas, porque esa semana la universidad estaba de Spring Break. Leo es un apasionado de Nueva York. Me mostró docenas de rincones interesantes, recorrimos el West, el East Village, Brooklyn Heights y Park Slope. Los dos últimos días de la semana los pasamos con Miguel Ángel, que vino en autobús desde Williamstown, un pueblo perdido en Masachussets.


En el teatro Court se representaba Panorama desde el puente, una obra de Arthur Miller sobre la inmigración a mediados de siglo XX en Nueva York. El drama se localiza en Brooklyn, junto a los muelles bajo el puente. Una pequeña familia acoge a un par de italianos en busca de trabajo. El crítico del New York Times la explica muy bien y le pone buena nota. Las actuaciones eran tan naturales, tan creíbles, que uno entiende un poco mejor el asunto de la catarsis en el teatro griego.

Aquel 17 de marzo Nueva York era verde por el día de San Patricio. El Court Theater está en el centro de Manhattan y tuvimos que sortear los retazos de la caravana de irlandeses. Después de aplaudir, salí corriendo del teatro para evitar la cola y llegar al final del partido Barcelona-Stuttgart. No me resisto: asistí a dos obras de arte consecutivas. Leo esperó con paciencia la salida de los actores y pudo fotografiar a Liev Schreiber y a Jessica Hecht. Scarlett Johansson no destacó, pero esa fue su grandeza, como señala el diario neoyorquino: desprenderse de su aura de celebridad. Y desde las primeras frases, uno deja de prestar atención a sus famosas curvas atrapado por la calidad de la obra.


La inmigración sigue siendo un foco de dolor y polémica: la odisea de los visados o el drama de la deportación, por ejemplo. En la ultima década Estados Unidos acoge una ola de inmigración tan grande como la de 1920. El periódico estima que en 2008 vivieron en el país 12 millones de inmigrantes ilegales; este gráfico sobre el asunto. Muchas de esas familias sufren los problemas que cuenta la obra de Miller: comparten techo, legales e ilegales. En 2008, unos 350.000 de estos últimos fueron deportados. A veces basta un simple porro.

Obama planteó en 2009 la posibilidad de agilizar la legalización, pero el tema quedó en tercer plano por la reforma sanitaria. Este asunto mantiene los mismos tintes partidistas y polémicos que en Europa, aunque aquí nos llevan unas cuantas cabezas de ventaja en tolerancia. La ciudad de Nueva York es un monumento a la inmigración desde Ellis Island hasta el último cuchitril del Bronx. El otro dia estuve con María en el Tenement Museum, en el Lower East Side, por recomendación de Ander. Ahí uno escucha las desventuras de los primeros vecinos inmigrantes de esta gran ciudad entrando en sus casas. El guía contó la historia detallada de las familias Gumpertz (foto) y Baldizzi en la calle Orchard, que vivieron entre 1863 y 1935 en el mismo edificio.


En enero, Minna, una compañera de trabajo finlandesa, me regaló, como agradecimiento por la clase que impartí, The Visitor. La película (2007) muestra el asunto de la deportación desde los ojos de un profesor que vive en Manhattan. Merece la pena verla; ademas, evita el recurso de las frases esculpidas y la lágrima fácil. Es muy oportuna, porque uno en Nueva York puede quedarse con el lado superficial, con el "Manhattan, parque de atracciones", y no con el "Manhattan, tierra de supervivencia".

Y todo por culpa de Scarlett Johansson, una neoyorquina con padre danés y madre de origen polaco.

miércoles, 7 de abril de 2010

"Peace, man"

Con el buen tiempo, coger el metro en Nueva York deprime. La primavera descubre una ciudad muy diferente a la de los últimos tres meses, más allá de la floración y de la luz. La vida en la calle repentinamente recuerda a la de las ciudades mediterráneas. Las plazas resucitan, los bares abren sus patios y las calles son ahora terrazas. Ese placentero discurrir de las cosas y de ocupar el espacio.

Ahora que rompe uno con el metro, que camina sobre él porque no necesita zambullirse en sus alcantarillas repletas de ratas, empieza a extrañarlo. Los momentos de soledad acompañada, los parones para reflexionar, las historias ajenas, los personajes peculiares, el traqueteo, ¡hasta el clásico "Stand clear of the closing doors, please"!

Durante estos meses, uno ha visto de todo en el metro; cosas tristes, como la brusca caída de una señora contra el suelo por el frenazo del tren, pobres borrachos durmiendo sobre un costado, gente amargada, capullos egoistas o maleducados de chaqueta y maletín; y cosas bonitas, como vagabundos divertidos, con todo tipo de mensajes promocionales, a veces apocalípticos, músicos que le sacan a uno del agujero con un par de acordes o una nota alta, gentes de religiones opuestas compartiendo bancada con sus libros sagrados en mano, mujeres bonitas, caballeros, o una pareja durmiendo abrazada.

Pero de todos esos momentos, aquella noche de sábado, regresando de Brooklyn. Tres personajes se sentaron en el banco de enfrente. Uno, sin saber por qué, siente la necesidad de hablarles. Sus apodos extraños, Puffin ella, sus maneras desinhibidas, su pinta, la conversación que mantienen, la forma de despedirse, chocando los nudillos de la mano derecha o cruzando el antebrazo. "Peace, man". Esos momentos de conexión que brinda el metro no los tiene el trajín de la calle. Por lo menos, no con esa fugacidad e intensidad.

martes, 23 de marzo de 2010

La kipá multicolor

Había ido a una conferencia. Visitaba la universidad de Columbia por fin en un día soleado, y me paseé por el campus. Enfrente de la cinematográfica biblioteca central un grupo de estudiantes se manifestaba contra el “apartheid” del pueblo palestino en Israel. Un judío ortodoxo discutía con otros dos estudiantes. Pensé que el señor había ido a protestar contra los del grupo pro Palestino, pero estaba equivocado. Uno de los organizadores, Ahlá*, libanés, me dijo que el judío ortodoxo estaba con ellos y que llevaba varios días ahí, argumentando contra la postura de Israel en Oriente Próximo. Algunos judíos se le acercaban para llamarle de todo menos guapo. Eso contaba el simpático chaval de la organización, que luego trató de involucrarme. “No, ya tengo bastante con lo mío, sólo me interesaba”.


Hice varias fotos, pero esta última me gustó especialmente. El sábado posterior, mientras tomaba unos vinos con unos amigos antes de pasear por Brooklyn, enseñé la foto ilusionado. “Véis, simboliza que el entendimiento es imposible; los dos con la boca abierta, discutiendo, separados por las dos orejas sordas del tipo del medio”. Así iba, emocionado, peleándome con mi inglés, cuando Samira, una amiga francesa, dijo: “Me encantan los colores de la kipá del tipo del medio, es muy cool”. Así acabó mi aventura fotoperiodística.

* No sé cómo se escribe.

miércoles, 3 de marzo de 2010

The Metropolitan Museum of Murcia


Hago mío este texto de Miguel Ángel, amigo de otro amigo mío, Leopoldo, titulado Murcia Times:
Cada vez que viajo y tengo que explicar dónde está Murcia siempre me encuentro con el mismo problema. Aquí en Massachusetts, donde tienen dificultades para ubicar África y Europa, no os quiero ni contar lo difícil que es tener que explicar de dónde viene uno, así que acabo diciendo que Murcia es un lugar pequeñito en el sureste de España, a medio camino entre Sevilla y Barcelona. Y cuando me preguntan “¿y qué hay allí?”, para abreviar siempre respondo lo mismo: buen clima y buena gente.

Este domingo, mientras trabajaba en la biblioteca del Clark Art Institute, un colega americano se me acercó y me dijo, en perfecto acento de Philadelphia, que lo había engañado. Cuando lo miré extrañado, me enseñó el New York Times y me señaló un artículo en el que Murcia aparecía como la arcadia del arte y la cultura. Me preguntó si todo aquello era cierto o era tan sólo una exageración para atraer a turistas incautos. Después de leer emocionado el largo texto, y comprobar el despliegue de información, le dije que no sólo era cierto, sino que se habían quedado muy cortos. Culturalmente Murcia es eso y mucho más. Es también el Cendeac, el Lab, el Centro Párraga, la Filmoteca, otras galerías, otros museos...** Me quedé en silencio unos segundos pensando y le espeté: "la verdad es que Murcia es realmente un hervidero cultural". Fue entonces cuando mi colega me dijo que había sido muy mal embajador de mi tierra, y que si él viniera de un sitio así no dudaría en presentarlo con la cabeza bien alta. Y la ciertamente tenía razón. Lo que son las cosas, a veces hay que irse muy lejos para darse cuenta de lo que tiene uno.

Para redimirme, lo que he hecho de momento ha sido robar el periódico de la biblioteca y clavarlo con chinchetas en la habitación de mi casita de madera. Murcia ya tiene nombre y lugar en el mapa. Si me pierdo, la gente ya sabe dónde está mi hogar.

¿Qué queréis que os diga? Tiene mucha razón. Aquí, desde Manhattan, uno también echa de menos su tierra, y a veces uno se achica para explicar dónde está o cómo es. Aparte de lo conocido (buena gente, buen clima y buena gastronomía) tenemos cultura de primer orden, de hecho, nos postulamos como capital europea de la cultura. ¡Ay, los murcianos! Que damos poca guerra, estamos ahí abajo, calladicos, y nos merecemos mucho más respeto y atención.

* La foto del artículo ("El arte echa raíces en el fértil sol de Murcia") en el New York Times es de Miguel Ángel.
** Yo añadiría también el festival SOS4.8, y si nos ponemos en plan región La Mar de Músicas, el Cante de Minas, etc.