jueves, 3 de junio de 2010

En la carretera: Atlantic City

Rápida y suave como la tela del tapete, pero tan mortal como una cobra. Me noqueó en dos movimientos secos. Miraba con la vista cansada, hablaba con lengua viperina y manejaba las cartas con habilidad serpentina. Era una crupier de Black Jack en el Trump Marina de Atlantic City. Y liquidó el bote de gasolina y peajes de cuatro ingenuos que vivían su primera experiencia en un casino.

Atlantic City, a pesar de las películas y las series neoyorquinas, deprime como una lasaña congelada. Goza de cierta belleza natural, como, por ejemplo, La Manga del Mar Menor, pero la frecuenta el público de Benidorm. En los casinos merodean viejunos, cuarentones ludópatas y grupos de chinos con algoritmos en lugar de ojos. Los crupieres son aun más tristes que el público general. Ninguno sonríe. Tienen la mirada apagada, la cara pocha y los hombros caídos. En los casinos se permite fumar, y hasta ese cultivado vicio me parecía feo y maloliente entre los dedos de los jugadores.

Después de perder la virginidad en la veintiuna americana, me acerqué con los amigos a la ruleta, otro clásico cinéfilo. Aposté cinco dólares al rojo. La bolita rodó silenciosa. El crupier pasó el brazo por encima del tapete: “No more bets!”. Y salió rojo.

Pero luego lo perdí. ¿Os suena la película, no?

Más allá del ruido de las tragaperras, el casino tiene una banda sonora parecida a ese tramo psicodélico de A Day in a Life de los Beatles (minuto dos). Sí, la parte más desagradable. Mis amigos decían que había un mensaje subliminal: “¡Apuesta, apuesta, apuesta!”. Ante las circunstancias y el temor a otro palo, abandonamos Atlantic City al cabo de 20 minutos. Creo que hemos sido los turistas más precoces del lugar. Visto y no visto. Desplumados y a casita.

"Que disfruten del viaje", se despidió la crupier.

3 comentarios:

Nahum dijo...

Tan viejo como la droga. El juego. La banca gana, pero siempre nos quedará la ilusión. ¡Qué bien contado!

Nos falta saber la compañía y las copas...

P.D. Cómo me ha gustado ese "pero" incrustado entre Manga del Mar Menor y Benidorm, jeje.

Sintomático dijo...

La compañía era buena, pero no hubo copas. Ten en cuenta que fue viaje diurno. :-)

Antonio M. dijo...

Es curioso, a mí también me ha hecho sonreír lo de la Manga y Benidorm. Es genial.

Se os ha visto el plumero murciano. Menos mal que los de Almería no nos parecemos en nada...