
No podía dormir y pensé posibles entradas para los próximos días. Esa misma tarde me había acercado a La Flota para devolver una maleta a mi cuñado Pepe (¡Qué pasa, tigre!). Aparqué en batería cerca de su casa, frente a un concesionario de Saab. Cuando volví había un Mitsubishi Montero gris plateado en doble fila, que me impedía la maniobra para salir. El hombre acudió enseguida, pues estaba asomado desde el mostrador del concesionario. Nos hicimos el típico gesto y le dije gracias, no te preocupes. Sin embargo, antes de subir, le pregunté por su coche, qué tal rendimiento le daba y si mercía la pena, pues mi padre me había ofrecido días antes un segundamano del mismo modelo. Agradablemente me contestó y, sin más, le conté por qué quería saberlo. Luego nos despedimos y me fui a casa. Por la noche ese encuentro me hizo pensar en las ocasiones en que cedemos el paso a un coche que se incorpora, en cuando dejamos entrar a una persona antes que nosotros, en el cigarro que le encendemos a cualquiera en un bar y en la cantidad de encuentros cotidianos con gente desconocida.
Foto y título: dos películas sintomáticas.