miércoles, 14 de marzo de 2007

Antiheroísmos cotidianos


Los que me conocen un poco más (la verdad, casi todos los que leéis estas líneas) saben de mi afán por las escenas de fracaso cotidiano. Afán, tanto pasivo como activo. Quiero decir, muchas veces me gustaría no ser protagonista de ellas. Pero lo soy. Ayer me ocurrió otra vez. Siete de la tarde, aparco el coche en la planta de abonados. Zona tranquila, silenciosa, con menos afluencia y cerrada al pueblo llano. Huelga decir que la plaza es de mi madre, claro. A mí no me llega para tanto. Antes de subir a la calle, ganas repentinas de ir al servicio de caballeros. En el camino, la penumbra me transmite confianza y me arranco con el estribillo de una canción que venía escuchando en la radio: I blame you for the moonlit nights. Miro para confirmar mi soledad, aun así: repentina vergüenza ante la posibilidad de un público escondido. Antes de entrar al baño, encima de una caja de mangueras para apagar incendios, hay una chupa de cuero. La miro extrañado, pero la ignoro y hago mis cosas. Durante la acción, pienso: “No debería dejar la cazadora ahí, quizá la dueña (o el dueño) ande buscándola desesperado. Puede que tenga el móvil dentro. O su cartera, con sus datos”. Efectivamente, un lado de mí acaba convenciendo a ese otro yo perezoso, despreocupado y pasivo, que no tiene ganas de complicarse la vida. Me lavo las manos, miro una pintada en la pared: “Fran Perea el que lo lea”. Y salgo. Me acerco a la cazadora, que está colgada sobre la caja como en un chaquetero antiguo. Palpo en los bolsillos, como si fuera un policía profesional, sin descolgarla, con esa mirada de ciudadano responsable.

-Eh, es mía.

Un hombre en camisa, un par de coches más allá, a oscuras, limpia el salpicadero. Ni siquiera me mira. Yo, en silencio, pulso acelerado: qué digo ahora. Sensación parecida a palomo en la jaula.

-¡Ah! ¡Eh! No, ya, sólo estaba comprobando si se la había dejado alguien, para devolverla, ya sabe.

Me voy, procuro no hacer caso de mis piernas, que piden acelerar el paso a la señal de vergüenza del cerebro. En el último tramo del garaje, para no dejar dudas sobre mi inocencia, me pongo a silbar el estribillo de I blame you for the moonlit nights, porque esta vez la voz no me sale.

8 comentarios:

Nahum dijo...

Estoy viendo tu cara, estoy viendo tu cara. Y no la podría describir.

Taka, taka, amigo.

¿Por qué no haces referencia a Arcadi, que hoy te sube a su cubierta?

Anónimo dijo...

Probe Migué. Y qué crees, ¿que por tu aspecto y tu cara el hombre pensó que eras un chico honrado o un mangante? Tengo mi hipótesis, pero esperaré a tu respuesta.

Yo una vez insulté a un grupo de autistas (diez segundos antes de enterarme de su condición) y después pasé una semana escondido bajo la cama.

Me ha llamado la atención un detalle de tu relato: cuando te entraron "ganas repentinas de ir al servicio de caballeros". Vista esa precisión, deduzco que otras veces te entran ganas de ir a otros servicios, ¿no? Y yo que aquella vez en Pamplona, cuando te vi salir por aquella puerta, pensé que simplemente te habías despistado... Glup.

Que no se enteren en lo de Arcadi.

ANDER

sintomático dijo...

¡Sabía que ibas a fijarte en ese detalle! La verdad, no es solamente de caballeros. Es un servicio para todos, perros y gatos. Pero la palabra servicio se quedaba corta. No sé por qué.

Peter dijo...

¿Era la chupa de Fran Perea?

sintomático dijo...

Nahum, hemos dado una paso. Ya tienes tu propio perfil en Blogger. Solo falta el blog.

Ander, se me olvidaba, por mi aspecto no sé qué pensó, pero me cazó tratando de buscar una cartera en su chupa. Es decir, muy mal.

Peter, lo de Fran Perea me hace gracia, es una versión televisiva de "Tonto el que lo lea".

Sincopado dijo...

Sintomático, comparto tu amor por los antihéroes y el fracaso cotidiano. Además, y es herencia genética, también tengo facilidad para meter la pata en esas situaciones.

Rfa. dijo...

A mí lo que más me gusta es que tengas una etiqueta sobre antiheroismo. Y que cuentes historias sobre equívocos, miedos y rimas consonantes.
Si te sirve de consuelo, yo ni siquiera habría tocado la chupa. El otro día me pasé todo el tiempo que dura un semáforo en rojo tratando de decidir si le decía algo a un tipo que estaba robando una bici justo al lado, en la acera. Al final no le dije nada, por si acaso me gritaba, me rompía el coche o, directamente, me mataba. Soy un cobarde.

sintomático dijo...

Gracias, Rfa. Buena historia. Nuestras vidas están llenas de pequeños detalles así. Lo mejor que podemos hacer es contarlos.