
Los que me conocen un poco más (la verdad, casi todos los que leéis estas líneas) saben de mi afán por las escenas de fracaso cotidiano. Afán, tanto pasivo como activo. Quiero decir, muchas veces me gustaría no ser protagonista de ellas. Pero lo soy. Ayer me ocurrió otra vez. Siete de la tarde, aparco el coche en la planta de abonados. Zona tranquila, silenciosa, con menos afluencia y cerrada al pueblo llano. Huelga decir que la plaza es de mi madre, claro. A mí no me llega para tanto. Antes de subir a la calle, ganas repentinas de ir al servicio de caballeros. En el camino, la penumbra me transmite confianza y me arranco con el estribillo de una canción que venía escuchando en la radio:
I blame you for the moonlit nights. Miro para confirmar mi soledad, aun así: repentina vergüenza ante la posibilidad de un público escondido. Antes de entrar al baño, encima de una caja de mangueras para apagar incendios, hay una chupa de cuero. La miro extrañado, pero la ignoro y hago mis cosas. Durante la acción, pienso: “No debería dejar la cazadora ahí, quizá la dueña (o el dueño) ande buscándola desesperado. Puede que tenga el móvil dentro. O su cartera, con sus datos”. Efectivamente, un lado de mí acaba convenciendo a ese otro yo perezoso, despreocupado y pasivo, que no tiene ganas de complicarse la vida. Me lavo las manos, miro una pintada en la pared: “Fran Perea el que lo lea”. Y salgo. Me acerco a la cazadora, que está colgada sobre la caja como en un chaquetero antiguo. Palpo en los bolsillos, como si fuera un policía profesional, sin descolgarla, con esa mirada de ciudadano responsable.
-Eh, es mía.
Un hombre en camisa, un par de coches más allá, a oscuras, limpia el salpicadero. Ni siquiera me mira. Yo, en silencio, pulso acelerado:
qué digo ahora. Sensación parecida a
palomo en la jaula.
-¡Ah! ¡Eh! No, ya, sólo estaba comprobando si se la había dejado alguien, para devolverla, ya sabe.
Me voy, procuro no hacer caso de mis piernas, que piden acelerar el paso a la señal de vergüenza del cerebro. En el último tramo del garaje, para no dejar dudas sobre mi inocencia, me pongo a silbar el estribillo de
I blame you for the moonlit nights, porque esta vez la voz no me sale.